Hoy en día, en nuestra hermosa República Dominicana, vivimos tiempos de reformas. Reformas ligeras, reformas bruscas, pero al fin y al cabo, reformas. Reformas que van, desde los confines más recónditos de nuestra sociedad hasta los lugares más comunes y conocidos de ella. Algunos lo llaman “globalización”, otros “actualización”, y otros lo llaman simplemente un hibrido entre ambos, pero todos tienen un principio fundamental, reformar.
Un país, como ser viviente que es, debe interactuar e intercambiar con el medio que lo rodea. De no ser así, se iría estancando, porque es característico de lo no viviente el no interactuar con el medio que lo rodea. ¿O acaso las rocas intercambian energía con su ambiente? Como dijo el famoso sociólogo norteamericano, Alvin Toffler, autor del best seller “Future Shock”, “el cambio no es sólo parte esencial de la vida, es la vida misma”. La vida siempre está, como un río, en constante movimiento. Nuestro papel en este mundo es ir acorde con él, tratar de mantener su ritmo. Todas estas reformas que ocurren, tanto en nuestro país como en otros de la región, son en principio positivas, sus fundamentos son positivos. Pero, y sus formas, ¿serán positivas? ¿La forma en que se están llevando acabo son las que deberían estar llevándose a cabo?
Pongamos por un momento a nuestra Quisqueya bajo una lupa y tomémonos un tiempo para analizarla con detenimiento. Podemos percibir que sí, que realmente está llevando a cabo reformas y sufriendo cambios. Sólo comparemos la República del 1994 y con la de hoy y notaremos significativas diferencias, tanto de su infraestructura en los 3 poderes del Estado, como en la misma sociedad. Aunque, hay que señalar, que no es que vivamos una república “nueva”, o que vivimos en la época histórica de la “Cuarta Republica” (para resaltar aún más la diferencia con el pasado), pero sí estamos llevando ciertos cambios característicos de un ente en etapa de transición.
Pero si continuamos observando detenidamente aquel objeto tricolor bajo la lupa, y analizamos con detenimiento, nos percataremos de un fenómeno muy peculiar: los habitantes de aquel objeto tricolor, en su gran mayoría, al hacer sus reformas, optan por “copiar” a su medio. Ahora, yo me pregunto: ¿no es mejor imitar un medio que meramente copiarlo? Tal vez se pierda algo de lo que intento decir, por el hecho de que son sinónimos ambos términos, copiar e imitar, pero algo que he aprendido es que cada palabra tiene un significado único; puede tener en sus propiedades semejanzas con otras palabras de la misma familia o rama, pero siempre tendrá una esencia propia, un núcleo único, que le da razón de ser y la diferencia de las demás. Es el caso de copiar e imitar.
Según la Real Academia de Lengua Española, el significado de copiar nos habla de transcribir algo, tomar una cosa y replicarla tal cual. En cambio imitar dice que es esforzarse por hacer algo al estilo o semejanza de otro. Hay una sutil diferencia entre ambos significados; esa pequeña diferencia nos dice que imitar involucra un proceso extra, eso de esforzarse, de pensar. Prácticamente imitar significa tomar algo ya hecho y adaptarlo a lo que queremos, no copiarlo tal cual. Entonces, retomando la pregunta antes ya citada, ¿no es mejor imitar un medio que meramente copiarlo? ¿Acaso nuestros legisladores, jueces, funcionarios, actores de la sociedad como usted o yo estamos tomándonos la “molestia” de imitar a esas entidades que tomamos en cuenta como punto de referencia, o estaremos simplemente copiándolos?
Pongamos a un lado la lupa por unos momentos. Veamos la situación desde una perspectiva global, o como dicen nuestros vecinos anglosajones, “let’s see the big picture”. Al pasar los años de esta etapa de constante reformaciones y actualizaciones en nuestro ordenamiento y por tanto en nuestro país, nos encontramos con que hemos estado “importando” normas desde otros ordenamientos e implementadolas en el nuestro. ¿Por qué importando? Bueno, porque es así como lo estamos haciendo. Formamos una comitiva, con el fin de viajar por las grandes ciudades de nuestra civilización. Nos damos una vuelta por Alemania, por España, Francia, Argentina o Estados Unidos y “traemos el último modelo jurisdiccional de aquellos lugares” (Dr. Eugenio Zafaroni).
Para nuestros representantes, y hasta a veces nosotros mismo, hacer esto es como comprar el último modelo de la BMW, con algunos elementos nuevos que el anterior no tenía; es como instalar el nuevo Windows Vista a nuestros ordenadores, o como cambiar nuestro iPhone EDGE por un iPhone 3G. Y de esa forma estamos “a la moda”, así estamos “actualizados” y no parecemos un país “tercer mundista” ante la vista y opinión internacional, ya que estamos montados en el último BMW y nuestros ordenadores corren con el nuevo Windows Vista Ultimate Edition.
“¡Pero por Dios! ¿Qué es esto?”, estarán pensando algunos. Pero esa es la realidad, y no sólo de nuestra hermosa Quisqueya, no señor, porque a veces nos limitamos a nuestra mentalidad isleña, esto es un mal que sufre la mayoría de los países de la región. Entraría en juego a lo que nuestro Pedro Francisco Bonó , en su obra “El Montero” de 1856, llamo la “pavoneada”, el acto de ostentación, muy peculiar en los ascendientes de la antigua metrópolis España, como la mayoría de los países de la región. Y es ahí el factor común cultural de nuestros países, pero no entraremos en ese análisis, por lo menos en este articulo. En éste quiero enfatizar más en la problemática dogmática del asunto, en la problemática que surge de estos actos que llevamos a cabo tanto conciente como inconcientemente.
Llámese Habeas Corpus, llámese Amparo, o incluso nuestro nuevo y flamante Código Procesal Penal, entre muchas otras normas que han sido importaciones, copias de sus originales. Dejaremos a un lado el Habeas Corpus o el mismo Amparo, ya que han sido “pulidas”, ya sea a través de jurisprudencias o martillazos doctrinales para ser más armoniosos con nuestra sociedad, y tomemos el Código Procesal Penal (de ahora en adelante llamado C.P.P.). Criticado y defendido por todos los sectores de la sociedad dominicana, el C.P.P. es titular de diferentes puntos de vista; para algunos es visto como la panacea del ordenamiento jurídico penal, para otros es visto como una anomalía que ha llegado a nuestro sistema penal a destruir todo lo que antes ha existido y lo que tantos se han aferrado. Pero algo sí hay que tener en cuenta, este C.P.P., por muy bueno o malo que sea, fue una copia de otros Códigos Procesales Penales de la región.
La última afirmación nos da paso a la siguiente pregunta: ¿cuál es el problema de copiar y no imitar? ¿Hay realmente algo negativo en copiar una medida que fue efectiva en una situación bastante similar a la nuestra en otra sociedad? Las normas creadas por una sociedad para regular una problemática, son creadas para dar soluciones a estas mismas. Son medidas, creadas como un traje a la medida, para enfrentar una realidad especifica. Dos sociedades, por más similares que sean, por más antepasados y situaciones presentes que compartan, nunca serán iguales. Similares sí, iguales nunca. E ahí la cuestión. Imitemos, no copiemos.
1 comentario:
Admirable tus observaciones. Tengo también el honor de compartir tu punto de vista, respecto a los últimos párrafos en particular, y en todo el texto en general, con sus matices.
Gran trabajo Christian. Vamos a mandarle este articulo para que lo cuelguen en otros blogs jurídicos ¿qué te parece?
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